COMUNIDAD VIAJERA






mask slider

TAMERLÁN, el gran conquistador de las estepas | Vagamundos Blog

Publicado el 20/04/2020 en Literatura

Tamerlán, cuyo nombre real era Amir Timur (Tamerlán es una adaptación europea de su mote, Timur-i-Lang: en persa, Timur “El Cojo”, debido a una discapacidad sufrida en una de sus piernas, provocado por una herida de flecha en su pierna derecha en sus inicios guerreros), construyó un vasto imperio cuyos límites se extendían desde Anatolia hasta el océano Índico, y la relevancia de su figura fue tal que traspasó los confines de varias civilizaciones entre dos épocas, la medieval y la renacentista.

Amir Timur nació el 10 de abril de 1336, en el seno de una tribu mongola establecida en Kesh (Transoxiana), una región histórica del Turkestán, en Asia Central, situada entre el mar de Aral y la meseta del Pamir, actualmente repartida entre los países de Uzbekistán, Kazajistán, Turkmenistán y Tayikistán. Su nombre significa “más allá del río Oxus”.

Sus inicios

En esta época, muchos clanes independientes surgidos tras la muerte de Gengis Khan pugnaban por la supremacía política y militar en la zona. Timur se casó con la hija menor del jefe del kanato de Transoxiana y con 26 años se hace con el mando del mismo, declarando la guerra a sus vecinos. Entre 1364 y 1370 logró el control de la zona, aplastando a antiguos superiores y aliados, y en el último año se proclamó emir independiente eligiendo como capital de su estado la esplendorosa ciudad de Samarcanda. Pronto, esta ciudad donde confluían las caravanas procedentes de Oriente y Occidente, con sus especias y exóticos perfumes, acabó convirtiéndose en la residencia de una corte de leyenda. Desde allí inició una expansión militar como no se había visto desde la época de Gengis Khan, de quien Timur se proclamó heredero genético (es posible que su padre descendiera del conquistador mongol por línea materna).

Creación de un imperio

Su sueño pasaba por recuperar la gloria perdida del Imperio Mongol y, durante los primeros años, se dedicó a cimentar la estructura de un estado sólido y unificado bajo su cetro. Para ello diseñó leyes de gobierno en las que se aunaban las viejas costumbres y otras de nuevo cuño que mejoraron la vida de sus súbditos. A esto se sumó la creación de un disciplinado ejército, considerado la mejor maquinaria bélica del momento. Con estas tropas, Tamerlán se lanzó a la conquista de Asia bajo el influjo de lo logrado por Alejandro Magno, una de sus más claras y admiradas referencias históricas.

Durante 35 años sus tropas cubrieron buena parte del continente asiático, extendiéndose de este a oeste y de norte a sur por las actuales Siria, Irak, Irán, Pakistán, Afganistán, Turkmenistán, Uzbekistán, parte de India, Turquía y Rusia.

Pero sus campañas fueron tan brillantes como genocidas, ordenando el asesinato de poblaciones enteras y arrasando bellas ciudades como Bagdad o Damasco, lugares en las que miles de sus habitantes sufrieron decapitación a modo de escarmiento por la resistencia planteada.

Su genio bélico quedó patente en batallas como la que sirvió para conquistar Delhi. Para defender la ciudad, el sultán hindú puso en juego su mejor arma: sus míticos elefantes de guerra cubiertos de cota de malla para atemorizar a las hordas mongolas. Tamerlán, que se las sabía todas, colocó heno en los lomos de sus camellos, le prendió fuego y azuzó a los animales para que se lanzaran contra los elefantes. El resultado fue una estampida de los paquidermos contra sus propias tropas. Destruidas sus defensas, la ciudad fue saqueada y reducida a cenizas.

La capital del imperio: Samarcanda

Timur se sintió muy interesado por la cultura, favoreciendo el embellecimiento arquitectónico de Samarcanda, cuya sola mención evoca la Ruta de la Seda, los olores de especias exóticas y la belleza de su arquitectura, y a la que le dio ese halo mítico que todavía hoy conserva. Tras cada conquista, se dice que Timur perdonaba la vida a los sabios, artesanos, poetas y arquitectos, que eran enviados de inmediato a Samarcanda. Gracias a ellos convirtió la capital en un centro de alto rendimiento de las artes. También contrataba los mejores literatos para ensalzar los aspectos más elogiosos de su reinado. Supo conjugar en ella lo mejor de Oriente y Occidente: Siria enviaba sus tejedores, vidrieros y armeros; Delhi proporcionaba albañiles, constructores y talladores de gemas, y Anatolia suministraba orfebres, cordeleros y maestros armeros. En sus calles y bazares se mezclaban multitud de lenguas y religiones, desde el Islam hasta el zoroastrismo y el cristianismo nestoriano. En sus mercados abundaban todo tipo de productos procedentes de la Ruta de la Seda: de Rusia y Mongolia venían cueros y lienzos; de China, además de la seda, llegaban rubíes y diamantes, ruibarbo y perlas, y de la India, especias menudas como nuez moscada, jengibre, flor de canela y clavo. En definitiva, Samarcanda era la casa donde Tamerlán iba depositando los tesoros que le proporcionaban sus conquistas.

Otros logros

Respecto al capítulo económico, consiguió que la Ruta de la Seda, principal arteria comercial de Asia, viera sus caminos hasta Bagdad libres de peligros para los comerciantes que la transitaban, lo que impulsó el incremento de la riqueza y el intercambio cultural con otros pueblos.

Por otra parte, este poderoso mandatario no descuidó sus relaciones internacionales y recibió la visita constante de los embajadores que llegaban desde cualquier parte del mundo conocido. Entre ellos a Ruy González de Clavijo el emisario enviado por el  monarca Enrique III, rey de Castilla.

Muerte

Tamerlán murió por unas fiebres el 19 de enero de 1405, a los 68 años de edad, en la ciudad de Otrar (actual Kazajistán) cuando se encontraba planeando la conquista de China, sin duda el proyecto más ambicioso de su agotadora peripecia bélica. Sus restos fueron trasladados a Samarcanda en medio de innegables muestras de respeto y dolor por aquél que tanto oropel había concedido a la mítica capital. Fue sepultado en Gur-i Emir, un luminoso mausoleo que en la actualidad constituye una de las escasas muestras que aún sobreviven de aquel periodo. Además, Gur-i Emir ocupa un importante lugar en la historia de la arquitectura islámica como precursor y modelo de otras grandes tumbas como la de Humayun en Delhi o el Taj Mahal en Agra, construidas por los descendientes de Tamerlán.

Su legado

Según algunos historiadores, su hordas dejaron a lo largo de su reinado más de 17 millones de muertos, el 5% de la población mundial en el siglo XIV. 

Fue un político y estratega capaz de ganarse la lealtad de sus seguidores nómadas, crear una estructura política fluida adaptándola a lo largo de de su reinado, y con su carisma y fuerte personalidad, saber conducir un enorme ejército a conquistas extraordinarias.

Timur también tuvo una gran visión en cuanto al comercio, y tomó las medidas necesarias para promoverlo. Después de conquistar las ciudades, restauraba las áreas y las hacía seguras, de forma que las caravanas pudieran atravesarlas sin peligro. Por otro lado, también fue hábil en la manipulación de los símbolos culturales establecidos, utilizando la religión musulmana, o la imagen de su (posible) antepasado Gengis Khan, para aglutinar en torno a su persona a las gentes y clanes de la zona.

Según narran las historias de su tiempo, a pesar de no saber leer ni escribir, era una persona sumamente intuitiva, con conocimientos de medicina, astronomía e historia de los árabes, los persas y los turcos. De ello da cuenta Ibn Jaldún, el historiador árabe considerado como uno de los fundadores de la moderna historiografía, que tomó parte en la campaña militar contra Tamerlán cuando asedió Damasco. Mantuvo con este, durante el sitio, varias entrevistas de las que da cuenta en su “Autobiografía”, destacando su “notable inteligencia y su afición por la argumentación”.

Como suele ocurrir en los casos en los que el poder está basado en el carisma de una sola persona, la estructura creada no sobrevivió a su desaparición, desmoronándose inmediatamente. Una causa pudo deberse al hecho de no saber delegar responsabilidades en sus descendientes ni en sus comandantes militares, justificada quizás por el temor a que estos se convirtieran en potenciales rivales.

Tamerlán, que tras imponer su reino del terror formó un harén con las mujeres e hijas de los rivales que iba derrocando, hasta acumular 18 esposas e innumerables concubinas, pretendía propagar la semilla timúrida a imagen y semejanza de lo que hizo Gengis Khan. El resultado fueron 34 hijos varones y cerca de un centenar de nietos, que dilapidaron sus conquistas. El imperio quedó dividido inmediatamente después de su muerte en principados rivales que desaparecerían en menos de un siglo.

Pero Timur se guardó en la tumba un último logro póstumo: en su mausoleo figura una inscripción que advierte: “Cuando regrese a la luz del día, el mundo temblará”. El 20 de junio de 1941, el cuerpo embalsamado de Timur fue exhumado para su estudio. Dos días después, Hitler lanzó la Operación Barbarroja contra la URSS. El cadáver fue colocado de nuevo en su tumba por orden de Stalin en noviembre de 1942. Tres meses después, los soviéticos ganaban la decisiva batalla de Stalingrado. Fue la última victoria del hombre que quiso ser Gengis Khan.

El linaje de Tamerlán dio a luz dos personalidades de letras y cultura que, aunque muy diferentes a él, no se explicarían sin los cimientos puestos por el conquistador en Samarcanda: Ulugh Beg, que  aunque fue gobernador de Transoxiana y Turquestán, destacó sobre todo como astrónomo, construyendo inmensos relojes de sol, así como el más importante observatorio astronómico de la época (denominado Gurjani Zij). En 1437 determina la longitud del año solar con un error de solo 58 segundos. También destacó en matemáticas abriendo nuevas fronteras en la trigonometría y en la geometría.

El otro destacado heredero de Timur fue Babur, descendiente directo de Tamerlán por su padre, y de Gengis Khan por parte de madre. A pesar de esa ascendencia guerrera, a Babur le dio también por la cultura y las artes. Fue el  primer emperador mogol de la India, fundador de la dinastía que gobernaría desde el siglo XVI hasta el XIX en el norte del subcontinente. Su obra “Memorias”, está considerada como una de las más importantes obras autobiográficas de todos los tiempos. Su tataranieto, 120 años después de su muerte, construirá el Taj Mahal.

Tras la independencia, Tamerlán se ha convertido en la principal figura histórica de Uzbekistán. En el centro de todas las ciudades hay una estatua, plaza o calle dedicada al conquistador.

 

COMÉNTANOS

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Page 1 Created with Sketch.
Page 1 Created with Sketch.
Page 1 Created with Sketch.
Page 1 Created with Sketch.
Ningun comentario disponible