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Akhenatón y la herejía de Amarna | Vagamundos Blog

Publicado el 12/05/2019 en Literatura

AMENOFIS IV (1364-1347 a.C.) , faraón de la XVIII dinastía, se caracterizó por no seguir la línea marcada por sus antecesores, sobre todo en dos aspectos: desatendió la política exterior de su Imperio y sobre todo por una reforma religiosa que se conoce como “herejía de Amarna”.

Hijo de la reina Tiyi, que era de origen nubio, subió al trono en 1352 a.C. como Amenofis IV. Si sabe poco de su vida hasta que, en el cuarto año de su reinado abandonó Tebas para establecerse en una nueva capital en el Alto Egipto, llamada Akhetatón, que se encuentra cerca de El Amarna, y puso en funcionamiento una revolucionaria reforma religiosa. El faraón impuso, sobre una multitud de divinidades tradicionalmente adoradas en Egipto, y particularmente sobre el culto de Amón, el culto monoteísta de Atón, el disco solar. Amenofis IV (o AKHENATÓN, literalmente “el esplendor de Atón”) estaba dotado de gran inteligencia y de una fuerte y carismática personalidad, así como un carácter soñador y místico. Ya siendo príncipe consideraba a Atón como su divinidad personal, y pretendió convertirle en dios primigenio y, luego, en exclusivo, siendo, pues, ésta una de las primeras experiencias religiosas monoteístas que se conocen.

El faraón atacó frontalmente al poderoso clero tebano de Amón, eliminando sus privilegios, funciones y riquezas materiales. El nombre sagrado de Amón fue eliminado sistemáticamente de todas las inscripciones. Por el contrario, todos los miembros de la familia y los funcionarios civiles y religiosos de la corte real, incorporaron el nombre de Atón al suyo propio.

Atón no fue una divinidad creada por Amenofis IV, como se cree habitualmente, aunque es verdad que fue su gran difusor. Atón era uno de los muchos nombres del dios Ra de Heliópolis, siendo conocido desde tiempos antiguos, atestiguado durante el Imperio Medio y divulgado en época de Thutmosis III, Amenofis II y Amenofis III. En la tradición religiosa, los faraones descendían de los dioses, justificándose su derecho divino a reinar. En Heliópolis se elaboró una doctrina (que la V dinastía hizo propia), según la cual Horus, el Sol, fue el primer faraón y el que engendró y legitimó a los restantes, situándose, por encima de todos ellos. Este dios Sol, en cuanto esencia, se representaba en cada ciudad de una forma (Ra-Atón, en Heliópolis; Amón-Ra, en Tebas, etcétera), resultando, así, concepciones complementarias. El paso revolucionario que se dio bajo el reinado de Amenofis IV consistió en personificar al sol en Atón, con lo que las diversas representaciones se convertían en formas innecesarias, y así, Atón actuaba directamente sobre las gentes sin necesidad de intermediarios.

Probablemente este cambio tendría también, o sobre todo, un a intención política: al  emperador le convenía sustituir o, al menos, concentrar en un solo dios principal la energía religiosa del pueblo, como instrumento para lograr la unificación política efectiva de Egipto; esto conllevaría el refuerzo de su posición como rey, reduciendo el fuerte poder de los sacerdotes de Amón.

El proceso se llevo a cabo con rapidez. Primero, la coexistencia con la tradición; un par de años después, la entronización terrena de Atón, representado como un disco solar del que salían rayos terminados en manos que regalaba la vida; posteriormente, el establecimiento de un templo en Karnak, sede del Amón tebano, denominado La Casa De Atón; y, finalmente, hacia el quinto año del reinado, la construcción del complejo real de Amarna, momento en que Amenofis IV pasó a denominarse Akhenatón, iniciándose la reacción contra la religión tebana amonita y afirmándose la imposición heliopolitana.

Hasta ese momento, la divinidad del faraón se apoyaba y justificaba, pero también quedaba condicionada por la tradición religiosa, esto es por el clero. Al identificarse el faraón como una expresión personal de Atón, era el propio faraón quien dictaba la moral, por lo que los custodios de la tradición, los cuerpos sacerdotales, sobraban.

La concepción del dios fue totalmente modificada: frente a una omnipotencia un tanto terrorífica, se afirmaron la alegría de la vida y la generosidad divinas; Atón, siempre bondadoso y lleno de piedad; la divinidad representada como un bien y no tanto como la sanción del mal. Este cambio significó una renovación de todo y en todo: nuevas gentes podían acceder a la nobleza con independencia de sus orígenes. Se adoptó como lengua el neoegipcio. Las representaciones artísticas cambiaron radicalmente: en un primer momento, el rey se describía de modo casi satírico, extraño, con un cuerpo con características masculinas y femeninas, carnales y espirituales y con un rostro que destacaba su misticismo. Posteriormente, este extraño realismo se fue dulcificando hasta llegar al maravilloso retrato de la esposa del faraón, Nerfertiti. La representación de la familia real tendió a reflejar aspectos humanos en vez de la consideración soberbia y altanera tradicional: rey y reina unidos de la mano, alegres mientras juegan con sus hijos; besándose en el carro real, etcétera.

Mientras el faraón reinó, el culto a Atón se extendió, aunque respetándose también las divinidades de los pequeños nomos de la provincia, pero a su muerte, la restauración de Amón no se hizo esperar. Amenofis IV iba por delante de su tiempo y, muy posiblemente, sólo su esposa, Nefertiti, fue el más fiel y auténtico feligrés, al menos hasta el momento de la ruptura entre ambos y el abandono del faraón por su esposa. Pocos años después de la muerte de Akenathon, en torno a 1335 a.C., subió al trono el joven Tutankhatón. Pero los reformadores ya habían sido vencidos por la fuerza de la tradición, y Amón, el viejo dios nacional, triunfó sobre el disco solar. Tutankhatón, pasó a llamarse Tutankhamón, y la nueva capital, edificada por más de 15.000 hombres en un plazo de tiempo asombroso, inaugurada con grandes ceremonias y festejos, quedaba abandonada a su suerte. Las inclemencias de los siglos y la rapiña se cebaron en aquella ciudad, la más hermosa del mundo en su época, quedando casi arrasada.

Viajaremos a Egipto del 09 al 22 de noviembre de 2019.

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