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El Imperio Azteca | Viaje a México en Semana Santa de 2020 | Vagamundos Blog

Publicado el 25/08/2019 en Literatura

Como muchas otras civilizaciones antiguas, la historia azteca se pierde en la leyenda y el misterio. De los distintos pueblos que habitaban en la zona de Mesoamérica antes de la llegada de los españoles en el siglo XVI, el azteca fue uno de los más importantes y, de hecho, en el momento del descubrimiento, era hegemónico en la zona. Parece mentira que una tribu de nómadas, en solo dos siglos, pudiera erigir el mayor imperio de América. Para ello, además de crear una sólida estructura social, tuvieron que superar los inconvenientes de un medio natural  poco amistoso, y diseñar complejos sistemas de ingeniería, desarrollando la mayor tecnología de la época. Los templos, acueductos, palacios, pirámides y el resto de logros de esta civilización cargada de mitos, son tributos a sus dioses, y al mismo tiempo, como ha sucedido en todas las grandes civilizaciones de la historia de la humanidad, un reflejo de lo que el ser humano es capaz de construir. El máximo ejemplo lo encontramos en su extraordinaria capital, Tenochtitlán, donde hoy se alza la Ciudad de México, una auténtica ciudad de ensueño que encandiló a los españoles, que la bautizaron como “la Venecia del Nuevo Mundo”. La ciudad llegó a tener una superficie de 15 km2, y a acoger más de 200.000 habitantes.

 

A la busca de su destino

Los aztecas (autodenominados mexicas, de donde procede el topónimo México) procedían de la última de las tribus chichimecas, grupos de pueblos emigrantes que provenían de la zona del gran Lago Salado, que se encuentra en las cercanías del desierto de Utah. Los mexicas eran pobres y violentos, de manera que el más mínimo incidente con ellos podía desencadenar un conflicto bélico. Cuando no estaban en guerra llevaban a cabo prácticas rituales sumamente crueles, como los sacrificios humanos. A pesar de que se asentaron en la vecindad de otros pueblos, a los que no tenían inconveniente en ayudar, nunca permanecieron demasiado tiempo en el mismo lugar, ya que a nadie le gustaba convivir con vecinos tan pendencieros.

Hacia el año 1200 de nuestra era, abandonaron la isla de Aztlán (“lugar de las garzas”), iniciando una larga peregrinación desde la zona norte de Mesoamérica hasta el Valle de México, territorio que en aquel momento estaba ocupado por muchas otras tribus. El dios Huitzilopochtli les exhortó a convertirse en el “Imperio del Sol”, pero para ello debían encontrar una señal divina: un águila devorando a una serpiente. Esto es lo que les advertiría del lugar en el que debían instalarse.

Espoleados por esta leyenda, peregrinaron durante más de 200 años, hasta que en el año 1325 encontraron la señal: fue en las zonas menos profundas del lago de Texcoco, y allí mismo comenzaron a construir una serie de islotes en los que poder asentarse definitivamente.

 

Tenochtitlán

Los aztecas fundaron Tenochtitlán, como un recuerdo de su mítica isla de Aztlán, y poco a poco, se irá convirtiendo en el centro neurálgico de la civilización azteca, hasta alcanzar el desarrollo y la grandeza que provocó el asombro de los conquistadores españoles. La ciudad se encuentra a 40 km de otro mítico enclave, Teotihuacán, que aunque en aquella época ya se encontraba abandonada, los aztecas seguían creyendo que se trataba de la morada de los dioses, donde había nacido el Sol, y que su diseño representaba el cosmos, motivo por el que quisieron reproducirlo en Tenochtitlán. Pero esta tarea, dado el entorno natural en el que se encontraban, no les resultó nada fácil.

Era el año 1376, ya sedentarios, de la mano de su gobernante Acamapichtli, comenzaron a urbanizar ese terreno pantanoso. La solución que hallaron fue totalmente original: consistía en construir una base sobre la que asentar las edificaciones clavando estacas de madera en el fondo de los lagos y rellenado los huecos que quedaba entre ellas con piedra volcánica para lograr una mayor resistencia. Al principio solo se podía acceder a la ciudad en barca, pero los aztecas diseñaron espaciosas avenidas de hasta 14 metros de ancho, que la conectaban con las localidades de tierra firme. Eso lo consiguieron clavando miles de pilotes y construyendo puentes levadizos para poder desplazarse en todas las direcciones. Estas calzadas les permitían transportar los materiales más pesados (siempre por medios de los humanos, ya que no disponían de animales de carga ni de carros o ruedas), creando una de las mayores rutas comerciales de Mesoamérica.

 

La fundación del Imperio.

En un principio, los aztecas tendrán que soportar el desprecio y el vasallaje de los que les precedieron. Pero en poco tiempo la situación va a cambiar. Este grupo, debido a una estricta organización social y económica y de un inteligente sistema de alianzas y matrimonios de sus clases gobernantes, logrará en un tiempo reducido, imponerse al resto de grupos de la zona. Consiguieron entre los años 1400 y 1500, dominar un amplio territorio que va desde el Atlántico hasta el Pacífico, con varios millones de vasallos y tributarios.

Gracias a los restos arqueológicos del Templo Mayor se ha podido determinar que los mexicas eran gobernados por Acamapichtli cuando servían como mercenarios a los pueblos dominantes, sobre todo a los tepanecas. En 1428, bajo el reinado de Itzcóatl (Serpiente de obsidiana), se produjo un enfrentamiento que concluyó con el triunfo azteca, y el inicio de lo que luego sería un gran Imperio: el crecimiento de la población hizo que el agua dulce comenzara a escasear, por lo que se pensó en construir un acueducto para traer el agua desde Chapultepec. Pero sus vecinos tepanecas, que eran quienes la controlaban, no estaban muy de acuerdo. En un astuto golpe de mano, el rey buscó distintos aliados entre las comunidades del este y el oeste, sobre todo hay que destacar al mítico Nezahualcóyotl. Con su apoyo, se alzó contra los tepanecas y fundó una nueva potencia que, por lo demás, jamás llegó a estar realmente unificada.

Una vez construido el acueducto, los aztecas fueron edificando nuevas ciudades alrededor de Tenochtitlán, y ocupando una extensión de terreno cada vez mayor. A pesar de formar parte de un mismo imperio y de tener en común ciertas costumbres y la vigencia de una rígida estratificación social, se regían por una sorprendente diversidad de sistemas de calendarios y códices pictóricos.

Por lo general, un ciclo del calendario azteca solar duraba 52 años y recibía un nombre concreto. En el Templo Mayor se localizaron numerosos glifos cronológicos referidos a la historia del Imperio. Así, el glifo de la fecha 1 Conejo, correspondiente al año 1454, narra una época de pobreza y hambruna provocada por plagas, sequías y heladas que arruinaron completamente los cultivos. Los aztecas empleaban asimismo un calendario lunar dividido en 260 días, que ya era conocido por los mayas.

 

Los herederos de Moctezuma.

Hacia 1433 se formará, siguiendo una vieja tradición mesoamericana, la llamada Triple Alianza, entre los estados de Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán. Esta fórmula política, en la que la supremacía recayó muy pronto en los soberanos tenochcas, perduraría hasta la llegada de los españoles. La historia azteca desde entonces, es la de una continuada expansión llevada a cabo bajo el mando de los sucesivos tlatoani (líderes) de la ciudad.

Entre los años 1440 y 1469, el gobierno de Tenochtitlán estuvo en manos del poderoso guerrero Moctezuma I Ilhuicamina (Colérico Señor, Arquero del Cielo), y con una población cercana a los 15 millones de habitantes, extendió los límites del Imperio haciéndose con ciudades-estados, en todas direcciones, y penetrando en el corazón mismo de las tierras de los mixtecas de Oaxaca.

A la muerte del soberano en el año 3 Casa, o 1469, le sucedió en el trono Axayácatl (1469-1481), hijo o nieto de Moctezuma I. Siguiendo la línea de gobierno anterior, el nuevo monarca también condujo a sus guerreros a numerosas campañas triunfales; sin embargo, protagonizó la mayor de las derrotas sufridas hasta entonces por los aztecas. Con un ejército compuesto por 20.000 guerreros de Tenochtitlán, Axayácatl se lanzó hacia el oeste a la conquista de Michoacán, donde se encontró con la resistencia de 50.000 tarascos. Al terminar la violenta batalla sólo regresaron a la ciudad 200 hombres.

La responsabilidad de aquella masacre le acompañó hasta el día de su muerte, que tuvo lugar hacia el año 1481. El consejo, organismo previsto para la elección del sucesor, elevó al trono a su hermano Tizoc (1481-1486). Pero los sacerdotes le profetizaron, desde el primer momento, que no iba a disfrutar durante mucho tiempo de su reinado. Cumpliendo dichas previsiones, o quizá sólo condicionado por ellas, Tizoc sufrió bochornosas derrotas militares y termino siendo envenenado al cabo de cinco años.

 

La edad de oro de Ahuitzotl

Su hermano pequeño, Ahuitzotl (1486-1502), se colocó entonces la diadema de turquesas que distinguía a los reyes y no tardó en convertirse en uno de los monarcas más despiadados del Imperio. Al finalizar los trabajos de construcción del Templo Mayor, en el año 8 Caña, o 1487, ordenó cuatro días consecutivos de sacrificios humanos. Los aztecas pensaban que estos sacrificios eran cruciales para la supervivencia de su imperio. Sin duda, con esto perseguía una doble finalidad: por un lado, tranquilizar a sus súbditos, puesto que, según las creencias aztecas, sólo el sacrificio podía evitar la destrucción definitiva de la era actual, el Quinto Sol; por otro, intimidaban a los enemigos, al menos durante algún tiempo. Así, el terrible Ahuitzotl ordenó la masacre de 20.000 personas, a quienes les fue arrancado el corazón con un cuchillo ritual de obsidiana, para luego amontonar sus restos en el altar de la diosa Coyolxauhqui.

Este gobernante conquistó, entre otros pueblos, a los mixtecos, los zapotecas y los tarascos, alcanzando el imperio su máximo extensión, que abarcaba desde la región de Huasteca, en el norte del actual estado de Veracruz, hasta la actual Guatemala. Bajo su reinado, Tenochtitlán se enriqueció enormemente, gracias a los tributos de los territorios sometidos, y promovió el comercio con los “pochtecas”, un gremio de mercaderes viajeros que recorrían los territorios más alejados de las distintas regiones del imperio, o incluso fuera del mismo, en busca de establecer nuevas relaciones comerciales. También ejercían de embajadores o incluso como espías, pues a su regreso describían los territorios como posible futura guerra de conquista.

 

El rey poeta.

Mucho menos sanguinario que Ahuitzotl fue el rey Nezahualcóyotl (“Coyote que ayuna”), gran soberano de Texcoco, uno de los estados que conformaban una triple alianza, de la cual fue un pilar fundamental en sus cuarenta años de gobierno (1432-1472). Quizá fue el rey más singular del Imperio azteca. Era filósofo y poeta y legisló con inusual humanidad. Además, demostró ser el mejor ingeniero de su tiempo. Sus conocimientos en esta materia le permitieron construir un inmenso dique, un muro de contención a lo largo de 16 km, con compuertas que permitían controlar el nivel del agua, y proteger Tenochtitlán de las inundaciones. También se encargó de construir el acueducto desde Chapultepec que proporcionaba agua potable a la capital. Incluso en lo religioso, Nezahualcóyotl se diferenciaba de los monarcas que le precedieron, pues, aunque respetaba los cultos familiares, adoraba a un único dios, al que llama Tloquenahuaque (“Señor de lo cercano y lo lejano), que no se representaba por imagen alguna. Nezahualcóyotl era, asimismo, un visionario que anticipó al futuro del Imperio en uno de sus hermosos poemas: “De ahí el inevitable resultado de todos los poderes, imperios y dominios: son transitorios e inestables. El tiempo de la vida es prestado, en un instante puede quedar atrás”.

 

Moctezuma II. Xocoyotzin

En 1502 se presentan como candidatos para suceder a Ahuzotl, sus descendientes y se elige a Moctezuma II, Xocoyotzin (“el joven”),  que había sido guerrero y formó parte del sacerdocio en el templo de Huitzilopochtli. Este mandatario, da un giro a su gobierno, y cambia a los altos cargos de su antecesor (a algunos privándoles de la vida), integrando como colaboradores a jóvenes herederos de antiguos jefes, que había conocido en la escuela del templo. Serio, religioso, autoritario y cruel, y obsesionado con el orden, la obediencia y la disciplina, ignora a los otros dos miembros de la confederación (Texcoco y Tlacopán), y le da un aire absolutista y divino a su mandato. Los hijos de las familias de los jefes de los pueblos sometidos, son trasladados a Tenochtitlán, prácticamente como rehenes, para ser “educados”.

Moctezuma, que era hombre de profunda fe, hace la guerra de conquista en nombre de ellos, sobre todo de Huitzilopochtli.

Las ideas monoteístas de Nezahualcóyotl, de Texcoco, son contrarias a las suyas, pero cuando la informan de que han aparecido gentes extrañas, con cascos brillantes, en las costas, comienza a dudar de su fe, pensando si serían los hijos del dios tolteca Quetzalcóatl (“serpiente emplumada”), el cual según la leyenda, había prometido regresar. Hace lo posible para impedir que los españoles lleguen hasta Tenochtitlán. Pero los conquistadores llegan hasta la capital, y ese hombre déspota, despiadado y brutal, se convierte en el sumiso y temeroso Moctezuma (es la forma en que los españoles pronunciaban su nombre real, Motecuzoma), que se deja encadenar y ordena la muerte de algunos de sus súbditos.

Finalmente, el 29 de junio de 1520, Cortés obliga a Moctezuma a dirigirse a sus súbditos para sofocar un violento tumulto. Para la población, aquello representaba una traición y lo apedreó, provocándole la muerte.

 

La llegada de Hernán Cortés.

Cuando las huestes de Hernán Cortés desembarcaron en México, el Imperio azteca contaba con unos 15 millones de habitantes. Su extensión era más que notable, pues estaba formado por 38 provincias. Y sin embargo, a pesar de la importancia y magnitud de semejante construcción política, los soldados españoles no tuvieron demasiados problemas en someter la totalidad del territorio. Bien es verdad que contaban con un armamento muy superior y que, diestros como eran en materia de política tanto como de guerra, en algunos casos se aprovecharon de la ingenuidad de los gobernantes aztecas. Moctezuma, por ejemplo, no fue capaz de comprender con la suficiente rapidez la amenaza que el astuto Cortés suponía para los suyos; así, el conquistador español no tardó en conseguir aliados en la vecina Tlaxcala, enemiga secular de los aztecas.

El 13 de agosto de 1521 cayó Tenochtitlán tras un asedio que duró tres meses; la ciudad sucumbió sobre todo por hambre y en su mayor parte fue destruida.

Los invasores sustituyeron los cultos nativos por el cristianismo, que pasó a ser la religión oficial. Pero su violencia y su fanatismo no fueron lo peor para los aztecas, sino una serie de enfermedades contagiosas, como la viruela hasta entonces desconocidas en el lugar, que contribuyeron al exterminio de gran parte de la población.

La posterior labor de los cronistas españoles hizo que el Imperio azteca fuera el reino de Mesoamérica mejor documentado de todos cuantos fueron objeto de conquista en América, pues los oficiales registraron datos de la administración y las leyes aztecas, y los misioneros anotaron muchos detalles de sus cultos.

 

El templo mayor.

El Templo Mayor era el núcleo religioso de la capital del imperio mexica, Tenochtitlan, la antigua urbe fundada en uno de los islotes del lago de Texcoco, la cual quedó sepultada bajo los edificios virreinales. A partir del siglo XVI, tras la conquista española, los vencedores iniciaron la destrucción física del Templo Mayor, incluso sus piedras fueron usadas como cimientos para las edificaciones de la nueva ciudad virreinal. El recinto ceremonial, las pirámides, las efigies de los dioses, todo lo que significaba el centro del cosmos del que partían los cuatro rumbos del universo, fueron borrados abruptamente o sepultados en el mejor de los casos.

En 1978, en el centro de lo que fue la ciudad de Tenochtitlán, se encontró por casualidad un enorme disco de piedra, de 3,35 m de diámetro, que representaba a la diosa lunar Coyolxauhqui. Esto motivó la puesta en marcha de un sensacional plan arqueológico, el “Proyecto Templo Mayor”, que dirigió Eduardo Matos Moctezuma, entre los años 1978 y 1982, con extraordinarios resultados. Durante la investigación se localizó un complejo gigantesco de sepulcros gemelos, consagrados a los dioses Huitzilopochtli y Tláloc, comprobándose así que éste era el corazón ritual del Imperio azteca. Los equipos de trabajo pudieron documentar innumerables aspectos de la arquitectura y de la escultura aztecas al descubrir más de 6.000 objetos distribuidos en 86 escondites de ofrendas. Además del Templo Mayor, los emplazamientos arqueológicos de los aztecas se extienden por una vasta área. Incluso fuera del Valle de México se han hallado restos importantes, como el templo dedicado a los gobernantes militares que se encontró en la ciudad de Malinalco.

 

La venganza de los dioses.

La mitología azteca es muy rica en leyendas. Una de las más famosas cuenta que la diosa Coatlicue (la de la Falda de Serpientes) quedó encinta cuando una bola de plumas penetró en el templo donde se hallaba y la tocó. Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli, lo que impulsó a su hija mayor, Coyolxauhqui, y a sus otros 400 hijos a decapitarla, furiosos por tan extraño embarazo. Huitzilopochtli, que salió armado del vientre materno, avisó a Coatlicue de que la vengaría, y así nació para el combate; descuartizó a Coyolxauhqui y arrojó sus restos por la colina de Coatépec (Montaña de la Serpiente). Para conmemorar este episodio, en los sacrificios rituales aztecas los cuerpos de las víctimas se depositaban sobre un disco de piedra, imagen de la diosa descuartizada.

 

Las chinampas

Los aztecas cultivaban en Tenochtitlán, además de maíz, otros productos como frijol o tomates gracias a un revolucionario método de agricultura y expansión territorial como son las “chinampas” (“cerca de las cañas”). Con ello convirtieron los terrenos pantanosos en fértiles campos de cultivo, con el que garantizaban el abastecimiento de alimentos para la población, que estaba en continuo crecimiento.

Se trataba de unas pequeñas islas artificiales construidas sobre el lecho del lago, con troncos y varas, sobre la que se depositaba tierra cultivable. Con ello también ampliaron el territorio en la superficie de los lagos, haciendo de Tenochtitlán una auténtica ciudad flotante.

Mientras que en tierra firme solo se podía cultivar un  máximo de tres cosechas anuales, las chinampas permitían hasta siete. Esta extraordinaria fertilidad, junto con la abundancia de agua y de mano de obra, lo convirtió en un sistema de producción intensiva único en el mundo.

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