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UZBEKISTÁN: Las ciudades de la Ruta de la Seda: Khiva – Bukhara – Samarcanda

Publicado el 16/02/2020 en Literatura

Durante más de un milenio, esta importante vía comercial de más de ocho mil kilómetros, mantuvo abierta la comunicación entre Oriente y Occidente, y a lo largo de la misma florecieron grandes ciudades.

La vía que unía el Mediterráneo y las “tierras lejanas” de Oriente es lo que conocemos como Ruta de la Seda. Aunque en realidad no se trató de una sola vía o ruta, sino que fueron un conjunto de caminos, que tuvieron un carácter eminentemente comercial, entre Occidente y el Lejano Oriente.

La Ruta de la Seda comunicaba dos de las grandes metrópolis del mundo antiguo: la capital china de Chang’an (actualmente Xi’an) y el gran centro político de Occidente, Roma, separadas ambas por más de ocho mil kilómetros.

La denominación de “Ruta de la Seda”, fue acuñada en 1877 por el explorador y geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen, que le dio el nombre de Seidenstrasse, “Ruta de la Seda”.

Los orígenes de la ruta se remontan probablemente al período en torno al segundo milenio a.C., cuando los chinos establecieron vías de comunicación con las regiones desérticas y montañosas del este de Asia central.

En el siglo IV a.C., la ruta vivió un impulso espectacular, debido a las campañas militares de Alejandro Magno, quien creó un imperio que se extendía desde Grecia y Egipto hasta Bactria (norte de Afganistán) y la parte norte de India. Con ello, controló lo que hasta entonces eran los territorios occidentales de la ruta de la seda. Y de ese modo quedó confirmada la comunicación entre el mundo oriental y el occidental. Definitivamente, la conquista de Asia por Alejandro Magno conectó definitivamente el mundo oriental con el occidental

Aunque la ruta fue ante todo una vía comercial, también fue una importante difusora cultural. Además, la seda era el producto principal, pero se comerciaba también con otros muchos: piedras preciosas, satén, almizcle y telas de lana o de lino, ámbar, marfil, laca, especias, porcelana, vidrio, materiales manufacturados, coral, y muchos otros. Aunque el comercio era para ambos lados, lo cierto es que fue mucho más importante el que se dirigía de Oriente a Occidente.

La ruta partía de China y, siguiendo diversos caminos, llegaba a su destino final, que no siempre era el mismo. En algunos casos terminaban en Próximo Oriente (Damasco o Bagdad). Otras llegaban a importantes puertos del Mediterráneo Oriental (Antioquía, Bizancio, Tiro, Alejandría) para zarpar de allí a Roma.

La existencia de diversas rutas obedecía a varias razones. La primera, es la competencia entre caravanas por llevar las mercancías antes que el rival. Por otro lado, eran importantes las dificultades que presentaba semejante viaje: al terreno inhóspito y las barreras naturales (desiertos, cadenas montañosas) se unía una climatología extrema, así como las amenazas de los bandidos que saqueaban las caravanas. Por todo ello, al tener varias rutas, se buscaba asegurar que al menos una parte de la carga alcanzara su destino final.

Las ciudades de la Ruta de la Seda

La ruta de la seda conllevó la aparición o el desarrollo de ciudades hasta entonces inexistentes o poco relevantes. Estos emplazamientos florecieron por estar situados en puntos estratégicos de las diferentes vías en funcionamiento, ideales por motivos logísticos, pero también por ser lugares de encuentro de culturas y de intercambios comerciales.

Las principales ciudades de la Ruta de Seda fueron:

XI’AN (China). El inicio de la ruta de la seda, y una de las principales capitales del Imperio

LANZHOU (China). Desde Xi’an partía la ruta de la seda hacia el oeste a través de Lanzhou y el corredor de Gansu, siguiendo el trazado occidental de la Gran Muralla. Así se evitaban las tierras altas del Tíbet.

DUNHUANG (China).  Situada junto al temible desierto de Taklamakán es la puerta de a Asia Central desde China.

KASGAR (China). Era una de las ciudades oasis a lo largo de la ruta de la seda, un lugar de descanso y de comercio. Aquí convergían las distintas rutas que cruzaban el desierto de Taklamakán.

SAMARCANDA (Uzbekistán). Se convirtió entre los siglos VI y XIII en la urbe más esplendorosa de Asia central, gracias a su localización en una encrucijada de culturas como la persa y la islámica, que dejó un impresionante legado todavía en pie. Posee numerosos monumentos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

BUKHARA (Uzbekistán). Esta ciudad se convirtió en un referente cultural del islam, del que quedan numerosos monumentos que también figuran en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.

BAM (Irán). Fue una importante ciudad que se desarrolló al calor de la ruta de la seda. En 2003 sufrió un terrible terremoto que la asoló, aunque hoy día ya está prácticamente reconstruida.

ESTAMBUL (Turquía). La actual Estambul constituyó el enlace cultural y económico de la ruta de la seda entre Oriente y Occidente. La caída de la ciudad en manos turcas en 1453 y el descubrimiento de la nueva ruta, a través del del cabo de Buena Esperanza, bordeando el sur de África, supusieron el fin de la Ruta de la Seda.

La Arquitectura caravasar. Refugio de mercaderes

No habría habido “Ruta de la Seda”, sin lugares donde los comerciantes pudieran descansar y cobijarse de forma segura durante las largas y pesadas jornadas en el transporte de sus mercancías. Estos lugares eran los míticos caravasares.

Inexpugnable por fuera y cálido por dentro, refugio de comerciantes y viajeros, el caravasar era el único alto seguro a través del desierto.

El diseño arquitectónico de los caravasares suele tener forma cuadrada o rectangular y casi siempre están construidos en adobe. Su perímetro está amurallado como si de un fortín se tratara.

Para acceder al interior del recinto, es decir al patio central, hay una única entrada protegida por una grandiosa puerta que por la noche era cerrada y vigilada por un cuerpo de guardia. En los laterales, los pórticos dan acceso a diferentes habitaciones más o menos amplias que se utilizaban para los viajeros, animales, cocinas, almacenes… A menudo una escalera nos llevará al piso superior, donde se encuentran los dormitorios de los viajeros y de las personas que atendían y vigilaban el caravasar.

Un detalle importante en este tipo de construcción es la particularidad de que todas las ventanas y puertas del edificio se abrían mirando al patio, ninguna hacia el exterior. La idea era convertir el lugar en un fortín inexpugnable. Adosadas a las cuatro esquinas se construían torres de vigilancia en las que permanentemente se montaba guardia para evitar o repeler el asfalto de ladrones. Con esta medida se pretendía dar cobijo y seguridad a los viajeros y a sus valiosas mercancías.

 

La capital del gran Tamerlán. El mito de Samarcanda.

Los viajeros que van a Samarcanda comprenden la fascinación que ha causado a lo largo de todos los tiempos.

Samarcanda es la ciudad de Asia central que más inflama la imaginación y ello parece que no es un fenómeno nuevo, porque fue ese mito quien llevó a Alejandro Magno a conquistarla, a Marco Polo a admirarla y al Gran Tamerlán a hacerla capital de su imperio. Demasiada leyenda para que el viajero se muestre escéptico, aunque hoy a la vieja ciudad le hayan robado el alma como quien roba la cartera. Fue el ansia de purificación de los soviéticos la que aplicó la piqueta y hoy no puede recuperar ya su esplendor, aunque un conjunto arquitectónico, el de la plaza de Registán, es capaz, sólo él, de perpetuar la leyenda. El historiador griego Estrabón describe la ciudad de Maracanda y cita su conquista por Alejandro en 329 a.C. Parece que el macedonio dijo que era incluso más bella de lo que había imaginado.

Los árabes la tomaron en el siglo VIII e instalaron su religión en ella. Las invasiones continuaron hasta la llegada de Gengis Khan en 1220, que la arrasó y mató o mandó al exilio a 300.000 de sus 400.000 habitantes. Marco Polo llegó 50 años más tarde y cuenta que volvía a ser una ciudad espléndida. Timur (el Gran Tamerlán), que nació muy cerca en 1336, es el padre de la Samarcanda monumental que hoy conocemos. Él la convirtió en la capital de su vasto imperio y “centro del Universo”.

Arquitectos y artistas de toda Asia fueron llevados a la ciudad y forjaron un estilo arquitectónico que se extendió por la región. Los azulejos coloreados y las cúpulas turquesas se adoptaron también en Bukhara y Khiva.

Ulugh Beg, nieto de Timur, fue quien construyó el más antiguo de los 3 edificios de la plaza de Registán, una de las plazas más bellas del mundo, la madrasa Ulugh Beg. Fue construida entre 1417 y 1420 y los expertos aseguran que es la mejor pieza del conjunto. Dos siglos más tarde, por orden del gobernante de Samarcanda Amir Yalangtush Behadir, se construyeron dos edificios monumentales más: la madrasa Shir-Dor (de los leones), construida entre 1619 y 1636 a imagen y semejanza de la primera. Se llama así porque en el frontis exhibe un par de felinos (parecen tigres) que gozan de bula, ya que el Islam prohíbe reproducir imágenes de animales y personas,  y la mezquita y madrasa de Tillya Kari, que se encuentra entre ambas, y fue erigida entre los 1646 y 1660. En los frontispicios hay inscripciones en árabe, lengua prohibida durante el régimen soviético. Cada uno de los tres edificios posee una decoración única: filigranas talladas en piedra, que adornan las paredes y los portales. Las cúpulas azules de las madrasas están construidas con ladrillos horneados, y en el exterior cubiertas con tejas esmaltadas, que brillan al sol, sin importar de qué lado alumbre. La elegancia de los preciosos mosaicos de la madrasa de Ulugh Beg, las cúpulas de color turquesa y los majestuosos minaretes de Sher-Dor, la pintura de oro en las paredes de Tilla-Kari, todo esto es sorprendente.

(La ciudad histórica de SAMARCANDA fue incluida por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial en el año 2001).

 

Bukhara, recuerdo de la Ruta de la Seda.

Bukhara ha sido desde hace siglos un importante centro religioso y cultural. Capital de las artes y las ciencias de Oriente, ha permanecido durante siglos eclipsada por la vecina Samarcanda. A ella llegaron grandes viajeros, eruditos y pensadores mientras en sus bulliciosos bazares corrían la seda y las especias.

En las tardes calurosas de verano, cuando disminuye la frenética actividad de los bazares, la vida se recoge junto a los estanques y las fuentes de Bukhara. Ancianos de largas barbas blancas juegan al ajedrez y al chaquete a la sombre de árboles centenarios. Despreocupados, beben té ruidosamente.

A su alrededor, chiquillos de todas las edades corretean incansables. Al contemplar la escena el viajero experimente la extraña sensación de retroceder en el tiempo, de iniciar un viaje que le arrastra al Oriente de Las mil y una noches, a la época de las grandes caravanas y los narradores de historia. Es tan sólo un ramalazo fugaz, pero extraordinariamente intenso.

Situado sobre un oasis en pleno valle del Zeravcha, frente a los temibles desiertos de Asia Central, la ciudad sigue desafiando el paso del tiempo. Sus calles estrechas y tortuosas siguen hoy como ayer ocultándose del sol mediante difíciles escorzos; las casas muestran con orgullo los restos de un rico pasado, y en los rabad, los barrios comerciales, todavía es posible escuchar el tintinear del martillo sobre el cincel. Bukhara, sorprendentemente, está hoy tan intacta y llena de vida como hace siglos.

La primera etapa de esplendor de esta ciudad se inició en el siglo VIII, tras la conquista de los árabes. La prosperidad económica, cultural y arquitectónica llegó de la mano del islam. Se construyeron mezquitas y madrazas, y una gigantesca biblioteca cuya fama sólo sería superada por la de Alejandría. Científicos como Avicena y poetas como Dakiki o Rudakim pasearon por sus calles. La seda y las especias inundaron los bazares. Bukhara se convirtió en la capital de las artes y las ciencias de Oriente, una parada ineludible para las grandes caravanas.

Por  desgracia, nada de esto ha llegado a nuestros días. La espada de fuego de Gengis Khan hizo que los tesoros de Bukhara desaparecieran bajo la arena del desierto. La ciudad de hoy es otra. Los primeros monarcas uzbekos, allá por el siglo XVI, le otorgaron una segunda juventud y la ciudad retomó con alegría su carácter de centro comercial e intelectual del Asia central.

Volvía a nacer. El látigo de los camelleros resonaba una vez más en las calles de los bazares y una nueva urbe se levantaba sobre las cenizas de la anterior.

Para apreciar este nuevo esplendor hay que acercarse hasta el Pai-Minar, el conjunto arquitectónico más destacado de la ciudad. A simple vista parece tan sólo una pequeña plaza encajonada al final de una calle larga y estrecha, pero al llegar es imposible no quedar sobrecogido. El conjunto está compuesto por una mezquita, una madraza y la joya de la arquitectura de Bukhara, el alminar Kalán, un imponente coloso de 46 metros de altura y casi mil años de antigüedad. Desde abajo, la vista es magnífica, desde lo alto, inolvidable. Introducirse en su interior y subir, a tientas, los cientos de pequeños y gastados escalones es un verdadero rito de iniciación, el anuncio de algo importante. Tras varios minutos a oscuras, la luz ciega por completo. Son sólo unos segundos, los suficientes para darse cuenta de que en Bukhara todo fluye de abajo a arriba, de la tierra al cielo. Una vez los ojos se acostumbran, comienzan a distinguirse pequeñas construcciones, perfiles difuminados de un intenso azul turquesa, paredes de ladrillo y adobe, estanques e islas de vegetación.

Se oyen los murmullos y gritos del exterior, de los tenderetes repletos de muñecos, ropas y baratijas, de los pedigüeños profesionales, músicos y curiosos que compiten en colorido con las cúpulas y las torres. El alminar Kalán es de las pocas construcciones que Gengis Khan salvó de las llamas. Cuentan que su belleza le dejó tan perplejo que no tuvo valor para destruirlo. Desde las alturas, la fortaleza Ark se muestra como lo que es, un bello e inerte escenario. Sus gruesos y sólidos muros no pueden ocultar al viajero lo inevitable: el deterior del paso del tiempo y el lento e irreparable abandono.

Pero Bukhara es ante todo una ciudad santa. De su profundo carácter religioso hablan sus madrazas –hasta 100 llegaron a construirse- y sus mezquitas Kalán, también llamada la mezquita del Viernes, es la muestra de lo que la imaginación puede hacer ayudada por unas manos expertas. Hay cúpulas cubiertas de cerámica azul, galerías repletas de dibujos, arcos que reproducen las más caprichosas formas. Desde este privilegiado observatorio, su patio, capaz de albergar a 12.000 personas, pierde sus dimensiones.

Al otro lado, la madraza (escuela coránica) Miri-Arab  donde bajo sus piedras reposan los restos del jan de Bukhara. A lo lejos, rodeado de grandes árboles, se vislumbra el mausoleo de Ismail Samani, el fundador de la dinastía samánida y artífice del antiguo esplendor de Bukhara. De forma rectangular, con gruesos muros y arcos en relieve, parece haber sido tallado en madera y no en el barro original. La construcción reproduce la Kaaba de La Meca con una fidelidad sorprendente. La madraza de Mini-Arab fue durante años la única que funcionaba en toda Asia central, tomando su nombre de un jeque de Yemen.

Pai-Minar va quedando poco a poco vacío. La gente se agrupa en torno a las fuentes. A pesar de las diferencias que los separan, los habitantes de Bukhara llevan conviviendo hombro con hombro durante generaciones.

La ciudad ha permanecido inmutable hasta en la tranquilidad. Uzbekos, tayikos, coreanos, chinos, rusos, judíos, una babel de lenguas y culturas, de rostros y ropajes que confunde y sorprende. Los judíos de Bukhara, un grupo social antaño poderoso y ahora en vías de extinción, son un último regalo del pasado. En su barrio, reconocible por las estrellas de David que adornan sus muros, la vida se mantiene invariable al paso de los siglos.

Lenta y pausada, ajena completamente a las profundas transformaciones del mundo que la rodea. El narguile vuelve a humear y las conversaciones en torno a los tableros suben de tono. La noche empieza a caer. Día tras día la misma escena, tan sincera y entrañable como lo fuera cientos de años atrás. De hecho, a nuestros ojos, es la misma escena.

Los mismos ancianos sorbiendo ruidosamente el té y moviendo las fichas, los mismos sonidos que, flotando en el aire, nos transportan irremediablemente a otra época más próspera, cuando esta pequeña ciudad era el centro indiscutible del Asia central.

(El centro histórico de BUKHARA fue incluido por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial en el año 1993).

 

KHIVA: ITCHAN-KALA. La meta de las caravanas.

La ciudad de Khiva está dividida en dos partes. Dichan-Kala o ciudad exterior, antiguamente rodeada de una muralla con once puertas, y Itchan-Kala o ciudad interior, situada tras unas altas murallas de ladrillo de uno 10 metros de altura. De planta rectangular, con unas dimensiones de 600 por 4.000 metro, Itchan-Kala está estructurada en dos ejes perpendiculares que terminan en cuatro puertas situadas en los cuatro puntos cardinales. Quedan pocos edificios anteriores al siglo XVI, aunque la Mezquita de Djouma, creada en el siglo X y reconstruida en el XVIII, conserva en su gran sala hipóstila de 212 columnas, diversos elementos primitivos. En el casco urbano, las 250 casas antiguas y los 50 monumentos que se conservan  ofrecen la imagen perfecta de una ciudad musulmana de Asia del siglo XIX.

Los grandes edificios públicos se alinean en el eje principal este-oeste de la ciudad, en cuyos extremos se encuentran las dos residencias sucesivas que tuvo el del Khan de Khiva. Al noroeste, la Fortaleza Kunya-Ark, que significa “vieja Fortaleza” del siglo XVII, “una ciudad dentro de la ciudad” se encontraba detrás de las dobles murallas de adobe - es decir sus propias y las murallas de Ichan-Kala, que alcanzaban hasta 10 metros de alto y 6,5 metros de ancho. Posteriormente se transformaría en el siglo XVIII en un suntuoso palacio de las mil y una noches noches en el que el Khan recibía a los embajadores e invitados, paro de la que solo han llegado a nuestros días unos pocos edificios: la puerta oriental con la adyacente habitación de guardia, kurinishhona (la sala de recepción), el bastión de Ak-Sheikh Bobo, la mezquita de invierno y la de verano, y el harén.

Al noreste, el palacio de Tach-Khaouli compite en fastuosidad con el anterior, y es uno de los ejemplos más representativos de la maestría y el poder del estilo de Khorezm en la construcción de edificios de aquella época. El Palacio se construyó en ocho años, lo cual disgustó enormemente al Khan, que quería que terminaran la construcción del edificio en 2 años. Por ello ejecutaron a los maestros-constructores. Primero se construyó el harén y las habitaciones del Khan y después, en la parte oriental del palacio, se construyó mehmonhona (la sala de recepción de delegaciones e invitados), y en la occidental se construyó arzhona (la sala de juicio). Todas las habitaciones del palacio Tash Hauly están conectadas entre sí por un laberinto de pasillos sin luz. Las habitaciones del Khan y el harén están separados de la parte oficial por un corredor continuo. Obviamente las habitaciones del khan son las más amplias y con una decoración más elaborada; las otras cuatro habitaciones servían para las esposas de Khan (según el Corán, no debía tener más de cuatro). Alrededor del perímetro del patio se ubica un edificio de dos pisos, destinado para las concubinas y mujeres de la familia. Cada una de las habitaciones del harén tiene su propia entrada, y no se comunica con otras habitaciones. Las paredes están ricamente decoradas con mayólica azul y blanca, los techos están pintados de colores marrón y rojo, y en las ventanas hay celosías caladas de cobre.

Numerosas mezquitas, medersas y mausoleos se intercalan en el casco de la ciudad vieja, guardando intactas las disposiciones del siglo XIV. Las construcciones de los siglos XIX y XX se han integrado armoniosamente en el conjunto tradicional, como la medersa de Islam-Khodja de 1910, que posee un elegante minarete de 45 metros de altura, el más alto de Khiva.

(Itchan-Kala fue incluida por la UNESCO en la Lista del Patrimonio Mundial en el año 1990).

 

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