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Salalah, la tierra que lleva los aromas | Omán, Emiratos Árabes Unidos | Vagamundos Blog

Publicado el 10/07/2019 en

Salalah, la tierra que lleva los aromas

Dhofar es la región meridional de Omán, la única de toda la península Arábiga que recibe la influencia de los monzones. Aquí crecen los árboles de los que se obtiene el mejor incienso del mundo y era el origen de una ruta fabulosa que transportaba una de las mercancías más valiosas de la Antigüedad.

Lo cuenta Plutarco en Vidas paralelas, al referirse a Alejandro. Dice que cuando éste conquistó la ciudad de Gaza –«ciudad la más populosa de Siria»-, del botín envió 500 talentos de incienso y 100 de mirra a su preceptor Leónidas, en recuerdo de un lance de su infancia. Alejandro había echado entonces en el ara de los sacrificios una almorzada de perfumes y su preceptor le advirtió: «Cuando domines la tierra que lleva los aromas, entonces sahumarás con profusión; ahora es menester conducirse con parsimonia». Y así le escribía: «Te envío incienso y mirra en grande abundancia para que en adelante no andes escaso con los dioses».

El macedonio había tomado el puerto que controlaba el tráfico de incienso en el Mediterráneo, pero nunca llegó a conocer el lugar donde se originaba, aunque había mandado exploradores por el mar Rojo para buscarlo.

Conquistó medio mundo, pero quedó muy lejos de dominar el territorio de lo que los geógrafos llamaban Arabia Felix, para distinguirla de la Arabaia Petrea o la Arabia Deserta, lugares inhóspitos de piedra y arena donde no era posible la vida. El incienso, el perfume de los dioses, se originaba en la Arabia Feliz, donde se iniciaba una de las rutas comerciales más difíciles de la Antigüedad, que atravesaba montañas y desiertos antes de llegar a su destino, los templos y mansiones de Tebas, de Jerusalén, de Roma.

 

La influencia de los monzones.

El origen de esta ruta casi mítica es Dhofar –en el confín meridional de Omán-, donde crece la Boswellia sacra, el árbol del que se extrae el mejor incienso del mundo. Por las costas de Dhofar, la tierra de los aromas, donde el incienso se utiliza para fabricar perfumes, siguen navegando los butres, igual que en los tiempos del legendario Simbad, y las mujeres beduinas cubren su rostro con máscaras. Esta región, alrededor de la ciudad de Salalah, se distingue por una circunstancia extraordinaria: es uno de los pocos lugares de toda la península Arábiga a los que llega la influencia de los monzones; son los únicos valles que verdean durante unos meses del año en este mundo de piedra y arena. La Arabia Felix hace honor a su nombre.

Durante los largos meses de verano, cuando en toda la península la línea del horizonte se diluye en el aire ardiente, llegan los vientos cargados de humedad que chocan contra las cimas del Jebel Mahrat y descargan las lluvias en los valles altos de Dhofar. Crece la hierba, saltan las cataratas entre los barrancos, y hay unas semanas de esplendor. Sin embargo, en la línea de la costa no llueve, y Salalah permanece impávida en un paisaje desértico. Esta zona sólo se alimenta de las brumas de la mañana, del rocío de las noches frías en las laderas de los montes. Esta niebla que la que nutre a los árboles del incienso.

Para ir en busca de las huellas de esta historia milenaria hay que viajar a Salalah, la segunda ciudad más importante de Omán. Aquí, en este paisaje que durante el verano amanece bajo las brumas de los monzones, se respira un aire diferente al de Mascat, la capital, o de cualquier otro lugar de Arabia, donde estos meses viven aplastados por el calor. Las montañas ascienden de forma brusca desde la planicie costera y todas están cubiertas de hierba. Justo en esa zona de transición, en las planicies pedregosas de Wadi Dawkah, se yerguen los árboles del incienso, poco más altos que matorrales achaparrados y sombríos. Nadie pensaría a primera vista que éste es el origen de tantos sueños, de tantas riquezas, de tanta historia.

 

El incienso, un bien muy preciado.

Desde hace tres milenios los beduinos han recogido la savia de los árboles, en una tarea que implica sabiduría técnica y también mucho de ritual.

Las incisiones que se hacen en las ramas dejan salir una goma blanca que se endurece al contacto con el aire. La primera que brota no es buena y no se recoge; la segunda es de mediana calidad, y sólo la tercera es el preciado incienso. Hace siglos, Plinio describía el proceso de forma semejante, aunque nunca llegó a verlo con sus ojos.

El incienso siempre ha sido apreciado por sus propiedades medicinales, y su aceite natural hace que arda bien. En cualquier casa, o en las tiendas de los beduinos, siempre está dispuesto un pebetero para perfumar el ambiente, para purificar las ropas, las manos y las barbas de los huéspedes. Todo ello, unido a su escasez natural, ha hecho de él un bien muy caro. De los regalos que recibió Jesús de los Magos, el oro era, con diferencia, el menos valioso de los tres. Tanto el incienso como la mirra –la resina de otro árbol que sólo crece en el sur de la península Arábiga- se hicieron indispensables para los ritos de todos los pueblos del mundo antiguo y se generó una demanda dispuesta a pagar cualquier cantidad por estos cristales olorosos, que se usaban en los templos, en las ceremonias funerarias o para tratar cualquier tipo de enfermedad.

Aquellos que dominaran este comercio serían algunos de los hombres más ricos de su tiempo.

El incienso que se recogía en esta zona emprendía un camino plagado de peligros antes de llegar a su destino en Egipto, Roma, Damasco o Grecia.

La primera parte del recorrido se hacía por mar, para evitar las montañas. Todo el incienso se embarcaba en el puerto de Sumhuram, el más importante de Dhofar, el lugar que en la actualidad se conoce como Khor Rori. Ahora sólo quedan las ruinas de su pasado esplendor, paredes destruidas, resto de los pozos, inscripciones borradas por el paso de los siglos. Se distingue la bahía, que hace 2.000 años deslumbraba con su vida y riquezas, con sus barcos, almacenes, los ruidos y la alegría de uno de los puertos más transitados de su tiempo. Sólo quedan el calor y el sol ardiente, la brisa marina que, una vez que se disipan las brumas del amanecer, reseca todo lo que encuentra en su camino. De aquí partían los barcos hacia Qana, a más de 600 kilómetros de distancia, en lo que ahora es territorio de Yemen.

Hace una década, un grupo de exploradores afirmó haber descubierto las ruinas de la mítica Ubar, una de las ciudades perdidas de Arabia. Hubo un tiempo en que controlaba el comercio del incienso, por lo que era un emporio extraordinariamente rico. Sus habitantes, cuentan las historias, abandonaron a los dioses y se entregaron al pecado. El Corán afirma que Dios la destruyó e hizo que se hundiera en las arenas del desierto. El hallazgo, cerca de Salalah, hace revivir otra época, cuando la resina de este árbol sin gracia despertaba anhelos de riqueza y dulzura, cuando era reconocido en todo el planeta como el perfume de los dioses.

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