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Cleopatra, la gran seductora y última reina del Antiguo Egipto | Vagamundos Blog

Publicado el 09/07/2019 en

Ha sido la mujer más amada y odiada, alabada y denigrada de la historia. Muchos dramas y tragedias, comedias y hasta musicales están basados en su historia de amor y muerte. Se han filmado muchas películas y se han escrito muchos libros. Diversos pintores de todos los tiempos se han inspirado en su muerte espectacular y han retratado a la reina con el áspid -la cobra venenosa propia de Egipto- en la mano en todo tipo de escenarios.

Pero, más allá de las historias que la han convertido en un mito, ¿quién fue la verdadera Cleopatra? ¿Cuál es la razón del gran éxito de esta mujer cuya muerte coincidió con el final de un imperio milenario? ¿Qué Cleopatra ficticia se parece más a la real?

Numerosos escritores antiguos hablan mucho de ella, pero no sabemos si toda su información es fiable. Por ejemplo, Plutarco y Suetonio, relatando la vida de César, Antonio o Augusto, describen sus relaciones con la reina de Egipto y no siempre de forma imparcial. Por otro lado, las inscripciones, papiro y descubrimientos arqueológicos nos dan sólo datos, a menudo no muy importantes, para recrear los sucesos históricos. Por lo tanto, es mejor acercarse a la historia de Cleopatra como se ha transmitido desde los tiempos antiguos.

Era hija de Ptolomeo XII Auletes. Nació en 69 a.C. No conocemos el nombre de su madre, probablemente una de las princesas reales. Después de la muerte de su padre, en 51 a.C., se convirtió en reina a la edad de 18 años junto con su hermano Ptolomeo XII, que tenía sólo 10 años. Plutarco, unos 200 años después de los hechos, cuenta sus relaciones con Julio César y Marco Antonio en Las vidas paralelas de una manera muy veraz, basada en los testimonios y recuerdos de sus contemporáneos. Cleopatra conoció a César cuando ella tenía 18 años y estaba en peligro. Había sido expulsada de palacio, poco después de la muerte de su padre, por el poderoso eunuco Potino y se refugió en Siria. Llamada por César, que no confiaba en los eunucos de la corte, llegó en secreto a Alejandría en un bergantín y se envolvió dentro de una alfombra, con la ayuda de su amigo de confianza Apolodoro, para entrar en el palacio real sin ser vista.

César ya había sido impactado por su osadía y astucia. Viéndola y hablando con ella se quedó totalmente conquistado por sus encantos. En la Vida de Antonio, Plutarco la describe de la siguiente manera: «Dicen que su belleza no era incomparable y no atraía a primera vista. Pero su forma de hablar tenía un irresistible embrujo. Su apariencia, junto con el encanto de su habla y su personalidad, eran un aguijón que hería el corazón. Su voz era dulce. Sabía muchas lenguas y por ello muy pocas veces necesitaba un intérprete para hablar con los etíopes, trogloditas, sirios, árabes, hebreos, medos y partos. En lugar de esto, los otros reyes ptolemaicos a menudo no tenían ni la paciencia para aprender egipcio». De hecho, en el Egipto ptolemaico el griego era el idioma de la nación y, naturalmente, de la corte. Siendo una princesa alejandrina, Cleopatra era atrevida, culta y refinada.

Armas de mujer.

Cuando era muy joven aprendió cómo conquistar a un hombre por sus hermanas reinas llamadas Arsinoe o Berenice, quienes en la corte de los Ptolomeos competían por el soberano. Las mayores se aprovecharon de la ausencia de su padre, que estaba en Roma, para hacerse con el poder. Desde la época de los faraones, las mujeres de Egipto se habían preocupado mucho por su belleza usando maquillaje, pelucas, perfumes y vestidos transparentes. Plutarco cuenta que César dirigió una difícil y arriesgada guerra en Egipto que lo puso en serio peligro. Lo hizo por amor a Cleopatra. También Suetonio admite que el amor entre ellos fue arrollador. Pasaban las noches en banquetes hasta el alba y cruzaban el Nilo durante excursiones cada vez más largas en un barco con un camarote.

Cleopatra estaba esperando un hijo cuando César partió hacia Siria. En vez de convertir a Egipto en otra colonia romana, él la permitió ser la única reina. Entonces, la hizo ir a Roma con su hijo Cesarión, en donde recibió honores y muchos regalos.

Cuando quiso conquistar a Marco Antonio, que había recibido el Oriente en la división de las provincias con Octaviano, esta misma mujer ya no tenía 18 años. Tenía 10 años más, la edad «en que la belleza de la mujer es más fulgurante y su destreza más aguda», como dice Plutarco.

Antonio llamó a la reina de Egipto desde Cilicia, porque fue acusada de haber dado demasiado dinero a Casio para la guerra contra Octaviano y contra él mismo. Callio, el enviado de Antonio, «viendo la belleza de Cleopatra –como dice Plutarco- y su forma de hablar persuasiva y maliciosa» se dio cuenta inmediatamente de que un tipo como Antonio nunca haría daño a una mujer como aquélla y la indujo a aceptar la invitación. Se vistió ropas magníficas y llevó todas sus joyas y riquezas. Lo conoció en un barco con la popa de oro entre nereidas y cupidos, como Venus. Lo deslumbró con el lujo de la corte alejandrina con comida refinada, vinos y una elegancia a la que no estaba acostumbrado. Sus fiestas fueron memorables por las decoraciones y por las luces centelleantes. Ella supo muy bien cómo adaptarse a los hábitos de quienquiera que deseara conquistar y encontró el tono correcto entre seducción e insolencia adecuado a un vulgar soldado que frecuentaba mujeres fáciles como Antonio. Fueron juntos a Alejandría, donde el romano fue adulado y agasajado en todos los sentidos. Juegos, banquetes, cacerías, disfraces, vagabundeos por las zonas más pobres de la ciudad, pesca: no se olvidó nada para deslumbrar y cercar al general. Cleopatra quiso que el Oriente recreara el Imperio Ptolemaico y casi lo consiguió. Antonio ya estaba embrujado a esas alturas. De hecho, ni las súplicas de su primera esposa Fulvia, que intentó separarlo de Cleopatra hasta su muerte (en 40), ni el matrimonio con la bella e inteligente Octavia, hermana de Octaviano, ni los acuerdos firmados con Octaviano y la expedición que estuvo a punto de guiar en Asia, le disuadieron de la idea de volver a Cleopatra para darle, como prenda de reconciliación, Fenicia, Celesiria, Chipre, Cilicia, Judea y parte de Arabia. Reconoció a los dos hijos que había tenido con ella y estuvo a punto de ir a la guerra contra el rey de Armenia y los partos. Pero no podía estar muy lejos de la mujer egipcia durante mucho tiempo. «No estaba en posesión de sus facultades –dice Plutarco-, parecía estar bajo los efectos de alguna droga o brujería. Estaba siempre pensando en ella en vez de pensar en vencer a sus enemigos».

Trágico final.

Este amor fatal fue claramente explotado por Octaviano, que empujó al Senado y al pueblo romano en contra de Antonio. También estaban indignados por su comportamiento hacia Octavia, que era un modelo de esposa y madre. Así que la guerra empezó. La última batalla tuvo lugar, según sabemos, en Actium. Octaviano ganó, también gracias a la repentina huida de los barcos de Cleopatra del lugar, seguidos poco después por Antonio, que abandonó la batalla para seguirla. Los dos amantes se refugiaron en Alejandría, pero Antonio se retiró a una casa en la isla de Faros o Antirrodos sin ver a nadie. Cuando supo que Octaviano había conquistado a sus ejércitos, volvió a palacio y se dedicó a los banquetes y fiestas con la reina. La última parte de la tragedia tuvo lugar allí, cuando Octaviano volvió con el ejército para poner fin a la guerra y tomar Egipto. Los dos amantes se suicidaron: primero Antonio, creyendo que Cleopatra había muerto, y después la mujer, al comprender que su reino se había perdido y que era una prisionera de Octaviano. La leyenda sostiene que se dejó morder por un áspid introducido por un campesino en una cesta de higos.

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